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martes, 5 de noviembre de 2013

Eres más guapa de lo que crees

Hace algun tiempo ya que circula por internet un anuncio de Dove en el que un artista forense elabora dos retratos de mujeres desconocidas para él; uno según la descripción que éstas individualmente le dan, el otro a partir de la descripción que otros dan de ellas.

De todo el vídeo la que me hizo llorar y me emocionó fue la mujer rubia de pelo corto con el simple hecho de decir que, en el retrato que el forense ha realizado de ella a partir de la descripción de otros, se ve feliz a sí misma.

     En Primaria cuando iba al colegio había una chica -(en realidad había más de una en idénticas circunstancias pero ésta captó mi atención)- que tenía problemas de sobrepeso. No era una niña delgada ni esbelta, tampoco era muy agraciada físicamente, tenía el pelo grueso como hilo de pescar e indomable, además llevaba gafas enormes, zapatos ortopédicos porque tenía los pies planos y llevaba plantillas para corregirlos y también aparatos.
      Tengo una teoría discutible y no científica sobre que en los colegios cuando alguien o algunos empieza a meterse con otro alguien los demás les siguen porque sí, pero claro cuando somos niños no vemos estas cosas. Digo esto porque aquella niña fue blanco de la teoría que acabo de describir.
       Recuerdo un día de tantos -pero este no me dejó indiferente-. A ella le gustaba un chico dos años mayor que ella (cosas de la infancia) y claro, todo el colegio lo sabía y él también y la insultaba constantemente.
      Recuerdo perfectamente como toda la clase de ese chico se metían con ella cada día y cada vez que la veían. Siempre eran los mismos insultos; “gorda”, "puta gorda", “ballena”, “foca”, “vaca”, “cerda”. Algunos realizaban mugidos de vaca para burlarse de ella mientras que otros por su parte optaban por los gruñidos de cerdo, supongo que era la forma que tenían de darle los buenos días desde la granja de playmobil, pero más cruelmente claro.
      Recuerdo que muchos días le tiraban alguna que otra bola de papel de plata a la cabeza para luego darse codazos entre ellos y reírse (cosas de críos sí, pero que marcan profundamente, también).
     Ese día del que hablo le tiraron muchas bolas de papel de plata mientras mugía y gruñía la granja de playmobil, la insultaban y además le escupían. Me parece un excelente momento para decir que íbamos a un colegio concertado y de monjas. Tal vez el problema radica en que las enseñanzas y valores que recibimos fueron: “amaos los unos a los otros mientras el otro no sea gordo”. No recuerdo a nadie del profesorado interviniendo para parar la lluvia de “escupitajos” que caían sobre aquella chica... No lo recuerdo porque nunca pasó. Nunca se hacía nada ante esas circunstancias.
      Supe que esa chica obviamente estaba muy acomplejada por sus problemas de sobrepeso pero nunca la vi mostrar debilidad ante la gente. En el patio se burlaban de ella mientras se comía el bocadillo y le gritaban cosas como: ¡Doraemon cómete otro! O ¿estás embarazada?

Me confesó alguna vez que en casa la situación no era mejor, siempre fue “la gordita”, “la fuertecita”...

Ya siendo un poco más mayor en la secundaria las cosas continuaban igual pero con el agravante de que el sexo masculino le decía cosas como “es que me quiero enrollar con tu amiga que está más buena que tú, pero líate con mi amigo” o se enteraba de que algunos chicos que le hablaban y hacían caso se avergonzaban de que otros chicos supieran que hablaba con “la gorda”. Ella ya tenía muy asumido que era normal que los chicos se avergonzaran físicamente de ella porque ella estaba gorda y eso, obviamente, si te lo han repetido toda la infancia y pre-adolescencia mientras te escupen, mugen y gruñen como si ser gorda fuera un pecado capital, te lo acabas creyendo.

Demasiadas veces (una ya es demasiado) pensó en dejar de comer o vomitar, había chicas que lo hacían y eran las más populares ¿por qué esa mierda es tan importante cuando somos niñas? Muchas veces lo pensó pero se repetía que tenía que aguantar, que tal vez algún día se cansarían de meterse con ella y todo habría terminado, que incluso alguien le pediría disculpas y serían amigos... Ella habría perdonado a cualquiera que se hubiera disculpado. Puede parecer muy tonto a los ojos de un adulto pero ella todas las noches rezaba para que el día siguiente fuera ese día en que se hubieran cansado de vejarla. Cada mañana llegaba al colegio con su mochila "ellesse" rosa y floreada, su sonrisa aparatosa, sus zapatones ortopédicos y sus gafotas y hasta que no llegaba a clase no se sentía a salvo. En su propia clase la mayoría la respetaban, si bien a las espaldas todos comentaban lo gorda que era y lo peor es que ella lo sabía.

Hubo bastantes chicas en ese colegio (no tengo datos de ningún chico) que desarrollaron trastornos alimentarios y fueron anoréxicas o bulímicas.

La chica de la que hablo nunca lo fue y lo sé porque soy yo misma, pero como contrapunto siempre me ha costado creer en mí y tener autoestima, siempre he creído que cuando alguien me alababa físicamente en algo me lo decía o dice porque le caigo bien y no porque sea verdad.

No es culpa de nadie. Es responsabilidad mía por no haber sabido ni saber a día de hoy ser lo bastante fuerte como para superar eso y aceptar los halagos sinceros de los demás por encima de mi inseguridad.
Pienso que si alguien ha vivido lo mismo que yo o algo similar este tipo de campañas publicitarias le producen cierta empatía, emoción y aliento de que esta sociedad tal vez no esté podrida del todo.

Por eso me conmueve el eslogan “You are more beautiful than you think”.(Eres más guapa de lo que crees).


Como dice la canción...





sábado, 20 de abril de 2013

Las mujeres que aman demasiado

     Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años pasé por un trance muy difícil a causa de lo explicado en el post: Ni olvido ni me perdono



No puedo decir que tuviera una depresión porque no me traté psicológicamente y, por tanto, no fui diagnosticada. Pero nunca me he sentido tan desconectada de mí misma, tan perdida... Ni siquiera con la muerte de mi padre. Yo creo que si no lo fue, se le acercaba mucho.



          Las consecuencias de mi gran “leyenda de pasión” fueron devastadoras física y emocionalmente. Ya durante mi relación-tormento padecía episodios de ansiedad, pero yo era muy joven y no le di ninguna clase de importancia “mi novio bien, yo bien, él me necesita yo no puedo estar mal”. Fui al médico y me dió pastillas para los nervios. Además, él me absorbía tanto -y yo me dejaba tan gustosa- que no me prestaba ninguna atención a mí misma, lo nuestro me engulló de tal forma -y yo lo consentí- que yo no me miré a mí misma en ningún sentido hasta transcurrido un año de nuestra ruptura.





       Cuando acabó esa historia y hallándome en las circunstancias más miserables y lamentables que nunca me haya encontrado física y emocionalmente, una profesora del instituto preocupada por mí y mi salud, me habló del libro “las mujeres que aman demasiado”, pero yo tenía un novio con muchos problemas al que cuidar, atender y proteger así que pasé del libro, si él dejaba las drogas, el alcohol, el juego y decidía hacer una terapia por la pérdida de su madre y por sus propios intentos de suicidio y por toda su ira y tristeza acumuladas todo iría bien, ni libros ni chorradas.-Pensaba yo-. Yo le ayudaré y todo irá bien. ¡Libritos a mí...!-Pensaba yo.



      Resultado de mi gran amor: no tenía ganas de vivir, no tenía ganas de nada, me despertaba y lloraba porque deseaba estar muerta porque él ya no quería estar conmigo y estaba con setecientas, iba de clase a casa a llorar sin fuerzas para ello debido a los potentes ansiolíticos que tomaba, estuve un año tomando ansiolíticos por prescripción médica, en aislamiento voluntario absoluto porque me daba vergüenza que la gente me viera, no salía de casa porque mis 23 kilos de más y yo no éramos dignos de salir a la calle, sentía asco de mí y de mi cuerpo. Ese año, sólo salí dos veces (si no era para ir a clase) más allá de dos manzanas de mi casa y le vi a él con su novia; felices de la mano mirando un escaparate, tuve un ataque de agorafobia o de ansiedad en plena calle, tuve que taparme la cara con un foulard, sentía que todo el mundo me miraba, no podía respirar ni dejar de llorar. Llamé a una amiga, pero no era capaz de vocalizar con claridad, llegué caminando como pude a su casa. Me tomé mis pastillas. Ella me dijo: "es normal lo que te pasa, se te pasará con el tiempo..." 

La otra única vez que salí más allá de los límites de seguridad de las dos manzanas de mi casa y obligada, fui al cine, ellos estaban allí iban al cine también, él le llevaba las palomitas, a mí nunca me llevó al cine porque no tenía dinero, se lo gastaba en drogas, yo me desmayé, mi mejor amiga me pegó un tortazo para hacerme reaccionar y me sacó del edificio... Tuve otro ataque y por eso evitaba salir a toda costa. Aprendí que no debía salir porque les vería juntos.-Como Juana sin Felipe.

    Si alguna compañera de la universidad -(fue mi primer año)- me saludaba estableciendo contacto físico poniéndome una mano en el brazo o con un “hola guapa” tenía ganas de llorar, creía que se burlaba de mí porque yo era un monstruo, yo no me sentía bien física ni emocionalmente, mi cuerpo no era mío y estaba destrozada anímicamente. “Si mi mejor amiga se ha acostado con mi novio en navidades, las desconocidas ¿qué me harán? No debo tener amigas”. Me quedé sin el grupo de amigos de entonces porque me abandonaron y porque él me puso los cuernos (entre muchas) con mi mejor amiga, (esas cosas que parecen tan importantes cuando eres joven). Ese mismo año se me cayó también el pelo a raudales, supongo que por estrés, ya que con 23 kilos de más, no se puede decir que fuera por desnutrición. -Prefiero contarlo con mi personal toque de humor, quiénes me conocen ya saben que es mi defensa cuando algo me duele demasiado-. Pero aun así, yo sólo contemplaba como solución volver con él y seguía preocupándome por cómo estaría él, ahora que yo no me ocupaba de su vida. -Pero me seguía preocupando.



Nunca mi cuerpo ni yo hemos vuelto a ser los mismos, pero yo no creía tener ningún problema. La gente rompe y la gente sufre por amor. Todo lo que sufría era normal.-Pensaba yo.



Desde aquello, a menudo me preguntaba con el paso de los años y sin respuesta:

¿Por qué todos me ponen los cuernos? ¿por qué todos se van con otra y me sustituyen en seguida? ¿por qué todo empieza tan rápido y magnífico y de repente empiezan a pasar de mí de la noche a la mañana?, ¿es casualidad que todas mis parejas sean huérfanos de padre o madre?, ¿por qué si todos ellos son tan diferentes física e intelectualmente acaban siempre igual mis historias?, ¿por qué me sustituyen en seguida por otra y nunca más vuelvo a saber de su existencia como si yo no hubiera sido nadie ni nada importante en sus vidas?, ¿por qué si yo no soy así, todos han sido adictos a algo: drogas, alcohol, juego o todo a la vez?



¿Por qué proviniendo yo de una familia normal y estructurada, de un barrio normal, he consentido situaciones de claro maltrato psicológico con plena sensación de normalidad de lo que yo vivía?



¿Por qué yo sólo tenía sensación de ser feliz cuando tenía pareja o estaba con alguien? y ¿por qué no me gustaba en absoluto, o era peor para mí y mi “bienestar” personal, estar sola?



      Muchos años después, un 28 de enero, a la cuarta vez que me rompí todos los huesos emocionalmente contra el suelo por amar demasiado, llorando, ahogándome, un poco ebria, con el rímmel esparcido por la cara pareciendo así Miko el mapache amigo de Pocahontas... -(Pues César, el último por el que amé demasiado, estaba con otra. Era la historia de mi vida, otra vez: cuernos o sustitución rápida). Aunque yo hasta una semana después de haber terminado “lo que tuvimos” (por llamarlo algo), no supe que otra ya ocupaba mi sitio. Pero pronto lo vi, día 25, a la semana de haber terminado “lo nuestro” me la presentó como una amiga de toda la vida, -pero yo en dos años no supe de su existencia ni de su nombre-. Post presentación incómoda y humillante para ambas dos chicas; yo, como la desechada y ella la pujante, y siendo master class yo, en ser sustituida; vi como se comportaba él con ella en mi cara y las evidentes intenciones de ella. Como decía Zazú en el Rey León ellos eran “semillas de romance floreciendo en la Sabana” y yo me sentí como la perfecta idiota a la que le han vendido un concesionario de motos robadas y en mal estado.


Resultado: retirada “honrosa” mientras dos amigas me sostenían -literalmente- yo no podía respirar, tenerme en pie, ni dejar de llorar, era demasiado insólito para ser verdad, otra vez no. Yo repetía mis mantras típicos de cada vez que yo era abandonada o sustituida, los adaptaba a las nuevas circunstancias de tiempo y de lugar, esta vez el mantra era devastador; de los creadores de Juana la Loca, Julieta la loca



“¡Soy una desgraciada!, ¡mi padre ha muerto, César me engaña!, me dice que echa de menos a su ex y YA se pasea con otra. Esto era la única ilusión que yo tenía en mi vida, nada me sale bien. Nunca podré estar con nadie, nadie me va a querer nunca, no sé ni por qué lo intento. Yo ya no quería intentarlo con él ni siquiera porque lo he pasado fatal y otra vez igual. Él sabe lo mal que estoy y me ha presentado a la otra ¿por qué?, ¿por qué siempre lo he de pasar mal yo con lo bien que me porto con ellos? Echa de menos a su ex y me cambia a la semana por otra, no me lo creo. Todo era mentira, se lo dije; “piénsalo bien si quieres algo conmigo, que yo no quiero tonterías, quiero algo serio”. Y me ha mentido todo este tiempo, ¿qué voy a hacer ahora?, ¿cómo voy a salir de esto? No puedo más, no sé donde aferrarme. Todo me pasa a mí. Es que nada me sale bien nunca, no sé como salir de todo esto, además de lo de mi padre, esto que me aportaba un poco de ilusión... Era una mentira y me lo he creído todo porque soy imbécil...”



        Tras narrar esta regresión a mi estado de enajenación mental transitoria, un 28 de enero, llorando como una niña abandonada -y no utilizo el término niña por casualidad-. Dije en voz alta a mi hermana y mi mejor amiga.

“¡Basta! No quiero, ni puedo por salud mental volver a pasar por esto. ¡Basta! Quiero ponerme bien, no sé que me pasa pero no estoy bien, quiero dejar de necesitar un novio para estar bien. Sé que lo pasaré mal porque ahora que mi padre no está necesito más una figura masculina a mi lado, un chico que me ilusione y me proponga hacer cosas... Pero basta, quiero estar bien sola. Sólo quiero eso. Estar bien sola. No quiero volver a sentirme feliz por algo tan ridículo como una llamada o un cine, quiero estar bien yo y no necesitar que eso pase para ser feliz de verdad. No sé como, pero lo haré. Nunca más quiero volver a caer en una historia así, ni estar así. No puedo más. Siempre es lo mismo. Estaré sola y me inseminaré artificialmente para tener hijos a la edad que quiera tenerlos, me da mucha pena que nadie me vaya a querer nunca pero ya lo he aprendido. Se acabó. Ninguno me quiere, quieren reírse de mí, que se rían de su madre. ¡Basta!”


        Después de aquello, a los pocos días, como un alma errante, entré en una librería y me acordé del libro “las mujeres que aman demasiado”... No podía dejar de leerlo, había momentos en que me enfadaba profundamente con el libro y lo cerraba, pero sólo lo hacía porque el libro tenía toda la razón. Era casi autobiográfico, a nadie le gusta mirarse a sí mismo, ese libro me obligó a mirarme y a verme y no me gustó nada lo que vi, pero no exagero cuando digo que me salvó la vida, porque yo decidí hacer un gran trabajo y esfuerzo personal y lo estoy haciendo.



       Encontré muchas respuestas a aquellas preguntas que me hacía entre una ruptura y la próxima relación -(o condenación, más bien)-. Pero hasta que no toqué fondo de verdad, no me di cuenta de que no era casualidad ni “haber tenido mala suerte” -como todo el mundo nos dice a las mujeres que somos adictas (o hemos sido, en mi caso) a amar así-, que yo repitiera perfiles de hombres, ni mis conductas con ellos. Todo tenía sentido y no era nada bonito verlo, ni fácil, pero era la única manera de ponerme bien y estaba dispuesta a todo lo que fuera necesario con tal de no volver a sentirme así jamás.

      Resulta irónico que del peor momento de mi vida surgiera lo mejor, la mejor decisión que he tomado nunca. La toma de conciencia de un grave problema que condicionaba todos los aspectos de mi vida y la voluntad de ponerle remedio a cualquier precio. Pese a que las circunstancias de mi entorno no eran en absoluto favorecedoras, dije basta y aunque sea de una vanidad muy fea decirlo, es algo de lo que no puedo sentirme más orgullosa.



Un 18 de febrero, un mes después del fin de mi historia con César y de comérmelo con patatas a él y a su amante morreándose como adolescentes cada día debajo de mi casa, me dejé caer en el sofá de mi gran psicoterapeuta Ascensión Belart. Sin la cual digo muy sinceramente que no sé qué habría sido de mí, pero nada bueno seguro. Sin ella nunca habría logrado nada en cuanto a mi recuperación ni a la toma de conciencia de mi problema de adicción a esa forma de “amar”. Sé que ella como es muy profesional me dirá que el trabajo ha sido mío, pero tan importante es la voluntad del paciente como la calidad y la profesionalidad de la ayuda que éste (es decir yo) recibe.





Me encanta poder compartir este proceso en el que estoy con mujeres que se encuentran en situaciones similares, en relaciones de inferior toxicidad, o peores situaciones que las que yo pasé. En relación a esto, a menudo, amigas, o conocidas, o seguidoras del blog me preguntan ¿a qué te refieres con “mujeres que aman demasiado”?, ¿qué es una pareja tóxica? Sin saber nada a nivel profesional, he escrito algo -muy atrevidamente- sobre ello, pero Robin Norwood, psicoterapeuta américana, creadora de este best seller que me ha hecho una gran compañía y me ha salvado la vida, define en el magistral prólogo de su libro qué es amar demasiado y cuando amamos demasiado. Aviso de que puede molestar ferozmente leer lo que viene a continuación porque la mayoría de mujeres lo tenemos integrado como normal y natural en nuestras vidas. Humildemente os digo que yo lloré muchísimo porque me reconocí en todo cuanto ella escribió. A las que estéis dispuestas a este proceso, no tengáis miedo, enfrentaos. Se puede superar, este problema. -Espero...


Prólogo de "las mujeres que aman demasiado" autora: Robin Norwood.





Cuando estar enamorada significa sufrir, estamos amando demasiado.

Cuando la mayoría de nuestras conversaciones con amigas íntimas son acerca de él, de sus problemas, sus ideas, sus sentimientos, y cuando casi todas nuestras frases comienzan con “él”...estamos amando demasiado.

Cuando disculpamos su mal humor, su mal carácter, su indiferencia o sus desaires como problemas debidos a una niñez infeliz y tratamos de convertirnos en su psicoterapeuta, estamos amando demasiado.

Cuando leemos un libro de autoayuda y subrayamos todos los pasajes que lo ayudarán a él, estamos amando demasiado.

Cuando no nos gustan muchas de sus conductas, valores y características básicas, pero las soportamos en la idea de que, si tan solo fuéramos lo suficientemente atractivas y cariñosas, él querría cambiar por nosotras, estamos amando demasiado.

Cuando nuestra relación perjudica nuestro bienestar emocional, e incluso, quizá, nuestra salud e integridad física, sin duda, estamos amando demasiado.

sábado, 22 de septiembre de 2012

En las bragas de Bridget

“Ya deberías tenerlo superado”. Te lo dice todo el mundo y también tu cabeza. Es verdad y algo evidente, pero tus sentimientos tienen otros planes para tu fin de semana.

Se han acabado los exámenes y de qué manera... Así que no estás muy animada porque resulta que llevas dos días (seguidos) cruzándote con tu ex. Te lo cruzas casi a diario, pero si los exámenes te han ido mal y son dos días seguidos, drama.

         Cambio de persona narrativa para contar que cuando estoy de exámenes y me pasa algo así me siento como Bridget Jones y tal como haría Bridget, al acabar un nefasto exámen un viernes por la tarde voy al súpermercado. No me gusta mucho el dulce la verdad, pero estoy decidida a comprarme el libro de Grey que dicen que acompaña mucho y es un hombre digno de conocer y también compro helado para seis personas aunque yo soy una sola.
Entonces, al lado de este libro que me han publicitado mis amigas como erótico, en el súper, está la sección de autoayuda y ves personas que la miran y te dejas llevar por la tragedia... ¿acabaré yo así a su edad, un viernes por la tarde, mirando libros de autoayuda queso en mano? Yo llevaba el queso, lo de los libros de autoayuda no lo veo, no creo que un libro te ayude en nada, salvo “las mujeres que aman demasiado”, el cual ni siquiera sé si se puede catalogar como tal...
     Total que me siento un poco decaída porque todos los nervios pre-exámen se han alojado en mi estómago. Y encima dónde los libros, hay un espejo. -Otro drama-. A no ser que seas ángel de Victoria Secret- y yo desde luego no lo soy-, es muy difícil sentirte guapa o sexy en exámenes. Yo me pongo pálida, ojerosa, hinchada, con un aspecto de dejadez que detesto. Pero no esa dejadez grunge que resulta sexy en el Cosmopolitan de vaqueros rotos, labios rojos y melena de apariencia alborotada post-coitalmente para la foto. Es una dejadez bastante española que creo que a muchas chicas nos pasa.... Otro drama.
Me llevo a Grey, mis taciturnos pensamientos y a mi queso light de allí. Pretendo atracar la sección de helados sin que, por favor, me vea ningun chico guapo de esta guisa.
En la caja, un hombre de cuarenta y muchos me “hace caso” a través de su divina criatura, un niñito adorable de dos años que me ofrece patatillas. Yo me río interiormente.
Siempre he estado con lo que yo llama hombres-cromo. No por intercambiables, ya que son bastante exclusivos como villanos, sino porque son unos “piezas” bastante irrepetibles, casi dignos de colección por sus hazañas para conmigo. Motivo por el que suelo bromear con mis amigas de que el próximo tendrá un hijo y me lo ocultará, hasta que yo ya esté muy involucrada sentimentalmente en la relación. El querubín de dos años me ha recordado todo esto...
Con estos pensamientos del próximo amor que ha de llegar a mi vida me voy a casa con el desconocido Grey y el helado para seis en el coche. El lunes, la gordita Bridget será buena y volverá al gimnasio, pienso. Estoy dispuesta a no salir por mi dolor de estómago -pero quiero helado- y porque “no estoy para fiestas” últimamente, con todas las cosas que siento a la vez. Aún así me animo a mí misma diciendo que el fin de semana sólo ha empezado y que estaremos solos en casa mi libro y yo y puede que el libro esté bien...

     Como siempre, llegando a casa se aceleran las pulsaciones, puede que “el pasado” esté “esperando derrotado en el bar de siempre” como dice la canción de Rulo y la contrabanda. Hummm sí, genial ahí está, él camina hacia mi coche, vienen por mi izquierda un coche y mi pasado y yo tengo un ceda el paso,-qué ironía- me lo salto. Mejor eso que verle más de cerca y olvidarle luego en casa, como siempre, desde lejos.
          Hay días que no, hay muchos días que no afortunadamente. Pero hay días que cuando esto pasa aparco con el corazón desbocado y me siento enfundada “en las bragas de Bridget”. Llamo sentirse así a decirme: “definitivamente no salgo, me voy a casa a vestirme con un cómodo pijama, el recurrible moño casero y leer un libro o ver una película y comer helado”-llorar es opcional-. Un típico y tópico viernes de Bridget Jones pero en mi caso, en casa de mi madre y sin las bragas-faja de Bridget literales, pero sí metafóricas. Otro drama.

Yo lo he elegido. Esta frase viene a cuento para decir que yo he elegido quedarme en casa “en las bragas de Bridget”. Podría haberme esforzado por ponerme bella cual estrella y salir con mis amigos a pasarlo bien. Podría haberme puesto las siempre-sexys bragas brasileñas de intimissimi y salir a ver qué hay fuera y lejos de las bragas de Bridget. Pero salir y adoptar la pose de llevo unas bragas brasileñas sexys de intimissimi -metafóricamente hablando ya que no suelo comportarme acorde a que bragas llevo literalmente-, conlleva riesgos que no estoy dispuesta a correr.

No pretendo embriagaros con tanta braga, es que me hace gracia esta metáfora braguil y me gusta. Ya sé que: “lo debería tener superado” y que “ha pasado tiempo”. Además mis amigas no cesan en insistir en que conozca a otros hombres. -(Si supieran lo que siento por dentro cuando sólo pienso en conocer a otro hombre no lo dirían)-, dicen que tarde o temprano debo correr el riesgo de “ya no estoy en las bragas de Bridget, hola intimissimi, hola hombrecito guapo que me sonríes en la fiesta”. Pero no quiero saber nada de riesgos como hombres que hacen daño porque son adictivos para mí y para eso ya me han dicho que Grey hace daño, es adictivo y mola. Así que me quedo con él en las bragas de Bridget y mañana hablaré de las adicciones a hombres tóxicos, sus riesgos y por qué me gustaron tanto.

martes, 11 de septiembre de 2012

Cosas que me recuerdan a él/ella, o peor, a nosotros.

         Todo un clásico y viejo como el hilo negro, acabáis de romper o hace algún tiempo ya y los recuerdos te persiguen como el Coyote al Correcaminos. No te diré que es normal lo que te ocurre porque estás harta de oírlo y además no consuela nada. Pero no todos los duelos son iguales en cuanto a dificultad ni tiempo de superación, afortunadamente.
            En función de la memoria que tengas, del tiempo que hayáis estado o de la intensidad de la relación, este proceso resulta más o menos difícil.
           Te parecerá que el universo conspira para que no le olvides porque de pronto ves a un chico que lleva una camiseta de ultimísimas rebajas que sólo quedaba una talla y se la compró él contigo. En un lugar a kilómetros de dónde vives o incluso de viaje en otro país, entra un chico en el restaurante y es igual que él, parada cardiorespiratoria, de pronto se acerca y el médico grita: “¡la perdemos carga a 360, fuera!”... No es él, y tus pulsaciones vuelven a la normalidad. Estás en la montaña rusa, te sientes muy poco dueña de tus emociones, según qué día hayas tenido, si te pasa esto; llorarás o simplemente te pondrás más triste.
          Trata de dominarte y ser fuerte, respétate a ti y a tus circunstancias difíciles. Yo en estos casos cuando no hallo fuerza en mí pienso en Gorgos -(reíros de que se parece a gorgonzola para relajar el corazón un rato)- la mujer de Leónidas de la película 300. “La gorgonzola” -(disculpádme el vulgarismo para distraeros de algo triste)- sabía que muy probablemente no iba a volver a ver a su marido, que seguramente él iba a morir y lo amaba con pasión desmedida, tal y como nos enseñaron la noche anterior...
Para las que no lo hayáis visto, en la despedida mañanera, “la Gorgon” se irguió cuan alta era y no derramó una sola lágrima -las espartanas son “tías duras”, pueden con todo- , frunció el ceño: “¡Espartano! -le gritó y seguro que con el corazón encogido y los puños apretados- encárgate de volver con tu escudo o sobre él”. “La gorgon” fue fuerte -(y eso que el queso es blando, humor)-y tú también puedes. Copia a las espartanas, haz de ser fuerte una tendencia como lo es el animal print de leopardo. Piensa que estas desagradables coincidencias cada vez ocurrirán menos, ignóralas cuanto puedas. Si bien al principio es bueno sacarlas y compartirlas con tus amistades -(tal vez lo necesites porque sientas que te estás volviendo loca y que sólo tú has visto al clon de tu ex)-, no es muy aconsejable invertir energía en hablar de ello y de tu ex cada vez que esto ocurra. Date un tiempo prudencial, apelo a tu sentido común para baremar qué es el tiempo prudencial que necesites y cada una necesita un tiempo distinto. Tú tiempo no tiene por qué ser el que tardó tu amiga en superar la perdida de su pareja, el tiempo es el de cada uno, así que no te sientas peor de lo necesario porque ya deberías tenerlo superado. -¿Quién lo dice?, ¿quién dice cual es el tiempo reglamentario para superar una pérdida?, ¿COSMOPOLITAN?, ¿La UEFA? Aquí no hay plazos ni fechas para bien o mal.

Bromas aparte, los recuerdos son muy traicioneros. Sólo hueles su perfume por la calle y para colmo dormir es horrible y más aún si vivíais juntos...
De pronto, eres igualita que Gollum con el Anillo custodiado por Frodo y puede ocurrirte que estés en Zara con dos amigas para distraerte, frente a una cesta de rafia multicolor, y que al querer comprarla rompas a llorar. Como si del asalto a una diligencia se tratara, te viene a la mente todas las veces que “nosotros” hemos ido de compras juntos lo mucho que a ”nosotros” nos gustaba y sus consejos y parece que lo ves ahí de pie, riéndose de que esa cesta es de yaya y lo más feo que ha visto en su vida. -Era tuyo, era tu tesoro y no está.
          Otro día puede ocurrir que abras un cajón del congelador y al sacar unas alitas de pollo Bofrost rompas a llorar de pura pena. Y esto último es muy patético, tal vez ridículo y penoso, pero es que cinco noches a la semana durante siete años le preparabas la cena y esas son sus alitas de pollo preferidas y las preparaba él en tu cocina y conversaba y reía con tu padre mientras cocinaba en tu casa, tú eras feliz y todo estaba bien...
           Toda esta descripción es cierta, como cierto es que él ya no está, trata de asumirlo con dignidad. Ya no hay primera persona del plural “nosotros”, ahora eres singular, “yo”. No veas esta nueva y desagradable situación como una tragedia digna de Sófocles. Si quieres, puedes darle un enfoque positivo.   Toda crisis, conlleva cambio, conlleva crecimiento; igual que la muerte entraña nacimiento. Trata de enfocarlo como una nueva oportunidad de reinventarte y de volver a empezar en tu vida. Mucha gente nunca tendrá esa oportunidad. Ahora ya no eres la misma que cuando empezó esta relación, has aprendido muchas cosas buenas y malas, pero provechosas todas para crecer. -Ya sé que esto que digo no es fácil de hacer ni de ver, no me he convertido en Juana la loca sin Felipe el Hermoso. Y si luchas por y para ti, tampoco tú serás Juana la loca. Sé que cuesta mucho, pero las cosas más difíciles de conseguir son las que valen la pena. Por último, no permitas que los recuerdos se conviertan en cientos de sanguijuelas que te chupen la sangre y acaben contigo.

          Hay recuerdos en tu memoria que no se pueden eliminar porque no eres un ordenador, pero sí hay objetos cotidianos a la vista que pueden producirte un desangre emocional como lo harían las sanguijuelas que he mencionado antes, elimínalos.
             Prometo que no voy a comisión, pero en Ikea hay unas cajas NOSTALGIK -(estos suecos tienen un sentido del humor de lo más parecido al mío)- dónde estaría muy bien, en cuanto tengas fuerza para ello o que te ayuden, (aunque mejor sola); que guardaras fotos, regalitos y demás cosas que ahora no es recomendable ver. Que tu eslogan sea: “todo aquello que me provoque nostalgia, a las NOSTALGIK que va”. -Se me acaba de ocurrir, trataré de vender los derechos para algún anuncio.
Guarda las fotos de manera rápida y mecánica, si pierdes el tiempo en regodearte en tu dolor mirándolas será peor el remedio que la enfermedad. Ten paciencia y piensa en ti como si estuvieras enferma, estás muy débil y tienes poca energía, todo acaba de ocurrir. La poca energía que tengas es para ti, para retirar cosas que duelen, no para invertir tu valioso tiempo en ver fotos felices con tu ex, queda prohibido poner “vuestra canción” mientras lloras y recoges las cosas que quedan de vosotros. No es necesario, ya te basta para llorar con lo que hay. Si haces algo así piensa: ¿cuando me quemo una mano sin querer cocinando, me hago cortes entre los dedos de las manos con una hoja de papel para sentirme mejor?” -No ¿verdad? Pues esto es lo mismo, es innecesario.
             
           Si no quieres hacer cajas, por ejemplo porque te lo has encontrado en vuestra cama con tu mejor amiga o porque habéis acabado como "Pocahontas", utiliza sacos de basura sin lugar a dudas. Eres una chica limpia y la basura debe ir a la basura.
            Si te da pena tirar muebles de vuestro piso, ropa y demás cosas que llevan grabado “nosotros” pero tampoco quieres conservarlos, hay organizaciones de caridad que necesitarán estas cosas que a ti tanto dolor te provocan y que pueden servirle a otras personas. Recursos a tu alcance para deshacerte de los recuerdos físicos hay muchos pero requieren un gran esfuerzo por tu parte. Hacerlo vale la pena y si es inmediatamente posterior a la ruptura mejor, cuanto más lo postergues más duro se te hará.
Desviándome algo del tema pero continuando con lo mismo. Sugiero que no escuches la radio porque te parecerá que sólo ponen “vuestras canciones” y no es que todas las emisoras se hayan compinchado para complicarte la vida, es que son fatales coincidencias que ocurren. Yo sugiero un mp3 o CD de hip hop o de AC/DC o Metallica. Es casi imposible estar triste escuchando este tipo de música. La música es un catalizador de emociones y el rock da fuerza, tal vez no te gusta esa música pero estás poniéndolo todo de tu parte para ser fuerte. Escuchar canciones de amor “cortavenas” como yo las llamo, te quita la energía y necesitas cuidarte y darte fuerza. -Esta última parrafada puede parecer una tontería pero he querido incluirlo por si, como a mí, la música te afecta.

        Para terminar, recuerda que tu mente es algo manejable y controlable. Haz todo lo posible por parar pensamientos dolorosos y destructivos. Échale coraje y agallas. Concluyo con “la teniente O'Neil”, una buena película para ver si estás pasando por algo así. Quiero recordaros la escena en que su oficial le está pegando una paliza de muerte, esas sois vosotras débiles y apalizadas, sangrando por los recuerdos, llenas de golpes, semiinconscientes. De pronto ella saca fuerzas de flaqueza y lucha contra el oficial que la reta a abandonar, entonces ella dice algo muy soez pero que a mí me da fuerza cuando me asaltan inoportunos recuerdos. “¡Chúpeme la p*** señor!”

Cuando estéis hastiadas o queráis tirar la toalla porque no os quedan fuerzas para luchar contra vuestros recuerdos, gritadles alto y claro la frase da la teniente O'Neil. -¿O es que os la imagináis llorando en Zara o preparando la cena mientras solloza o yéndose a dormir ahogada en llanto?, ni de coña.